lunes, 17 de junio de 2013

"Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba" Entrevista a Jorge (Papito) Serguera



                             


por Ernesto Juan Castellanos

(tomado del libro John Lennon en La Habana with a little help from my friends. Ediciones Unión, 2005)

 A mi casa no entró la televisión hasta 1973. Y no por problemas en la antena ni deficiencias de la transmisión, sino porque fue en ese año cuando mi papá se ganó un Rubin 205 en blanco y negro por sus méritos laborales. Hasta ese momento me había conformado con mirar, sin ver nada en la pantalla, un Phillips de bombillos que solo servía para poner adornos de yeso y búcaros con flores sobre él.

Y cuando se ganó, también por merecimiento sindical, un apartamento de microbrigadas en el reparto Bahía, tuvo la mejor excusa para donarlo a un vecino con iguales necesidades ornamentales. Entonces solo me interesaban los Muñe, las Aventuras, Caritas, Amigo y sus amiguitos, Variedades infantiles, Tía Tata, A jugar y La comedia silente. Por mi exigua cultura radial y televisiva, cuando comencé a investigar cómo funcionaba en Cuba la promoción de lo que se conocía como “música popular”, sobre todo la anglófona, traté de localizar a los promotores musicales de aquellos años. Solo que muchos ya no estaban a mi alcance. Unos porque habían dejado el mundo de los pecadores, y otros porque vivían a 90 millas al norte. Pero aún quedaban algunos con memoria suficiente como para recordar aquellos años bajo el azote de mi acucioso cuestionario. Tuve la gran suerte de localizar a Jorge Serguera. El nombre puede sonar ahora algo insípido y común, pero si aclaro que su nom de pluma es Papito Serguera, el director general del ICR entre 1966 y 1973, quizás comience a tomar matices, aunque sea con un cierto sabor amargo, en la memoria de muchos jóvenes de entonces, ahora cincuentones y sesentones.

                                            

Porque Papito lleva una coletilla gris en su nombre: se dice que él fue quien prohibió a los Beatles en Cuba. Cuando lo llamé para pedirle una entrevista no sabía qué decirle. Quería evitar por todos los medios mencionar el asunto de la escultura de John Lennon y los comentarios populares de que él había sido el malhechor de la ley seca de la música popular anglófona. Ni loco. Ni siquiera me atreví a mencionar la palabra “Beatles”.

¿Sobre qué es tu libro? –cuestionó con curiosidad del otro lado de la línea.

Mm… sobre cultura y los medios masivos de difusión durante los años 60 –respondí, y me sentí enormemente orgulloso de no mentir.

¿Y para cuándo quieres la entrevista? –preguntó con cierta inflexión entre conformidad y aprobación.

¿Puede ser para mañana mismo? –aproveché sin titubeos el impulso de la conversación.

Está bien, pero tiene que ser temprano.

Llegué tan temprano a su casa que aún estaba durmiendo. Como nunca lo había visto en mi vida, ni siquiera en fotos, supuse que iba a enfrentarme a un hombre gordo, senil, prepotente y fumador de tabacos. Pero no, aunque Papito tiene sesenta y nueve años, no aparenta tanta edad, no es gordo, es aceptablemente afable, tiene buen sentido del humor, y no fuma. Cuando lo nombraron director general del ICR solo tenía treinta y tres años. Y ya había sido embajador de Cuba en Argelia y el Congo.

En esa época mucha gente decía que yo era el embajador más joven del mundo –me comentó con orgullo–, aunque no he hecho de eso un mérito o un dato original de mi vida ni mucho menos.

                               

Lo imagino como un muchacho con una extraordinaria y enérgica vocación por los medios y la cultura. Nada de eso. Yo no tenía experiencia anterior ni vocación alguna por los medios masivos, ni de escritor, ni de guionista, ni de director, ni de fotógrafo. A mí simplemente me pusieron a dirigir el ICR cuando concluí mi misión en África con un doble propósito: primero, teniendo en cuenta mi conocimiento general en el terreno de las humanidades y, segundo, por mi experiencia política en el trato de los problemas nacionales e internacionales. Antes del triunfo de la Revolución, Papito Serguera se graduó de abogado. Era conocido por haber defendido varias causas políticas en los tribunales de urgencia en su natal Santiago de Cuba. El más importante de sus juicios fue la Causa 67, que inculpaba a los participantes en los alzamientos del 30 de noviembre de 1956 en Santiago, La Ermita y Puerto Padre, y a los expedicionarios del Granma capturados luego del desembarco del 2 de diciembre.

Yo fui famoso en la audiencia de Santiago por acusar a Batista y decir que era él quien tenía que estar sentado en el banquillo de los acusados. Y junto con Lucas Morán le pedí el cadáver de Frank País a Salas Cañizares, quien había ido a buscarme la semana anterior al tribunal para matarme.

                            


Poco después se exiló en los Estados Unidos, hasta que regresó a su país para unirse a la guerrilla de Fidel en la Sierra Maestra, donde obtuvo los grados de comandante del Ejército Rebelde antes triunfo de la Revolución en 1959. Siete años después, era el director general
del Instituto Cubano de Radiodifusión.


¿Quién lo precedió en la dirección del ICR?

Los directores luego del triunfo revolucionario fueron, en orden, Carlos Franqui, Gregorio Ortega, Ramiro Puertas y Aurelio Martínez. Después comencé a dirigirlo yo.

¿Cómo estaba estructurado ese organismo entonces?

Cuando yo llegué no había realmente tal estructura organizativa. Tanto la radio como la televisión estaban entramadas de manera caótica. No existía una estructura de programas tampoco. Esa la establecían los propios directores de los programas. A ello había que añadir un vicio: esa falta de estructura y de organización dio lugar a una parcelación en la programación. Existía el programa de fulano, de fulana, de mengano y de esperancejo. Y ya eso era clásico.

Quiere esto decir que lejos de responder a un proyecto cultural, la programación respondía a intereses personales, y ello generó problemas que luego fue difícil combatir y suprimir.

Como tú comprenderás, la dirección de un aparato de aquella naturaleza no podía estar en manos de un solo hombre. Así, un grupo de compañeros y yo organizamos la estructura del ICR en pos de una mejor calidad de la programación. Y acabamos con el caudillismo, la jefatura, los dueños de programas y los males que persistían, que era muy fácil ver a dónde conducían. Si tú eras director de un espacio musical y venía una muchacha bonita a quien le gustaba cantar, tú sabes que eso terminaba en la cama. Había una cola enorme. Te puedes dar cuenta de que todo eso se prestaba a una cadena infinita de problemas, que incluso me atribuyeron a mí, porque la gente decía: ¡Papito acabó en el ICR!”

                     


Cuando me propuse entrevistarlo, mucha gente me dijo que usted nunca iba a aceptar porque era quien había prohibido a los Beatles. Mira, no fui yo quien prohibió a los Beatles, y te voy a hablar de eso más adelante. La entonación de su respuesta me convenció de que había accedido a la entrevista preparado para discutir sobre el tema. Eso me hizo sentir más relajado y evaporó, por el momento, los temores que tenía en cuanto a la tensión que podía tomar la conversación cuando llegara el momento. No se molestó, pero tampoco me respondió de inmediato.

Cuando yo comencé en el ICR, allí había mucho desorden, porque todo el mundo se sentía dueño de aquello. Y al yo tomar medidas para erradicar eso, se perjudicaron, como tú comprenderás, cientos de intereses. Y tantos intereses perjudicados no iban a quedarse callados. Esa contradicción, de la única manera que te la puedo explicar en una etapa en la que tuve que acabar con los intereses predominantes y establecer nuevas reglas de funcionamiento y organización, dio lugar a la desaparición de los mediocres. Algunos se fueron para los Estados Unidos, otros para sus casas y otros para otros ministerios.

¿Y qué pasó con Silvio Rodríguez?

Me atribuyen un incidente con Silvio, y es verdad que lo hubo. En primer lugar, Silvio tenía un programa en la televisión que se lo di yo: “Mientras tanto”. Él comenzaba y tenía calidad. Alberto Vera me había dicho que era bueno, como mismo lo eran miles de muchachos. No vayas tú a pensar que él era el único. Entonces lo consideré, y Moya, quien era el director de ese espacio, vino a hablar conmigo. “Bueno, está bien, vamos a hacer un programa así que se llame “Mientras tanto”. También había hecho algo similar para Tata Güines, Felo Bergaza y Omara Portuondo. Lo pusimos en el canal 2 para levantar la televidencia de ese canal. Y pegó.

                                             


En una ocasión, Silvio hizo una apología de los Beatles en el programa, no sé si fue porque Moya lo escribió en el guión. Y vino alguien y me lo dijo. ¡Si él estaba allí para tocar su guitarra y cantar sus canciones, ¿por qué tenía que buscarme líos con los Beatles?! ¡Que deje a los Beatles en paz! Dijo algo así como que él se inspiraba en ellos… Está bien, pero allí había una polémica muy seria, chico.

Déjame decirte lo siguiente. Yo oigo a los Beatles y los he oído toda la vida. Ahora bien, había dirigentes nacionales que estaban en contra, no de ellos, sino de la llamada “música moderna”, que había cambiado los timbres y sonoridades de cuando éramos adolescentes. Y había otros que estaban en contra de la música cantada en inglés, porque según ellos deformaba la ideología. ¿Tú me entiendes, verdad? Era gente con mucha autoridad. Era una presión increíble, porque era una presión poderosa.

No obstante, yo creé “Radio Cordón de La Habana”, una emisora que ponía música moderna el día entero. Luego surgió “Nocturno”, una idea de Ñico Hernández, recientemente fallecido. El programa más escuchado de música moderna en esa época era el que tenía Chucho Herrera, “Sorpresa musical”, y nunca nadie lo molestó. Ni a su programa ni a “Nocturno”. Lo que más se conoce es lo que me pasó con Silvio, que dicen que además me dedicó una canción. No sé si le puso “Nube gris”, “Nube negra”, “Ojalá”… una cosa de esas. Si me dedicó una canción, ¿qué le voy a hacer? Pasaré a la historia como el elemento en el que se inspiró Silvio Rodríguez para hacer una canción. Yo lamento mucho que Goethe no se haya inspirado en mí, porque yo no había nacido todavía. O Dostoievsky.


                               

¿Pero tanto lío por haber dado una simple opinión sobre los Beatles?

Sí, chico. Si tú estás para cantar, no me des esos criterios. En un tema tan candente como era en esos momentos el de la música moderna, que tú te me bajes con una apología de los Beatles, y a través de un medio masivo, ¡y en vivo…! Si hubiera sido un programa grabado y hubiera tenido tiempo para corregirlo, le hubiera dicho: “se te fue la mano aquí”. Pero para entonces, desafortunadamente, ya existía una enemistad personal entre Silvio y yo.

Alfredo Guevara, por su parte, que estaba en el ICAIC, hizo un grupo experimental de música y se llevó para allá a Leo Brouwer, a Silvio y a dos o tres más. Y parecía el protector frente a la agresividad y violencia cultural de Papito Serguera. No, chico, ni yo soy un violento cultural ni nunca he violentado culturalmente a nadie. Pero además,

el primer hecho cultural en importancia de Cuba en el siglo XX es la Revolución Cubana, y su autor es Fidel Castro. Y yo soy parte activa de esa Revolución y comandante del Ejército Rebelde. Así que si vamos a hablar de cultura vamos a empezar por la Revolución. ¡Y yo estaba ahí desde el inicio, no es que me haya integrado después! Si el problema es la reacción cultural mía, eso estaba determinado por las normas políticas impuestas por el sistema educativo, deficiente o no, que había recibido en la provincia en que, afortunadamente o desafortunadamente, me tocó nacer, que es la del mambisado de Cuba.

El sentido del humor de Papito Serguera desapareció. Su tono y volumen de voz subieron a picos preocupantes. Me incliné ligeramente hacia atrás en mi sillón y realicé un discreto paneo visual en búsqueda de alguna salida de emergencia. Pero su próxima oración fue más suave, por fortuna, porque noté que los muros que rodean el patio de su casa estaban bastante altos.

Que no me vengan con música moderna, ni antigua, ni contemporánea –continuó–, porque yo era un pequeño burguesito que bailaba con Frank Sinatra, Tony Bennet, Artie Shaw, Tommy Dorsey y Duke Ellington…, que era lo que se bailaba en mi época. Lo mismo bailaba un danzón que un son, un mambo, un rock and roll, o una conga en los carnavales. Yo no tengo predilección por ningún timbre musical, pero respeto los gustos de las personas. Así que no soy capaz de imponerte una música.

Creo que fue una visión equivocada del problema por parte de algunos compañeros. Pero bien, uno también tiene que tener en cuenta eso, porque en la política tú no andas solo. Quiero decirte que en el problema mío de la dirección del ICR jamás interfirieron Fidel o Raúl. Ellos siempre respetaron mis puntos de vista, aunque a veces me plantearan algunas preocupaciones. Entonces estaba de moda aquella famosa cosa del diversionismo ideológico.

Ahora, si plantean el problema desde posiciones de responsabilidad, también hay que oír mis argumentos. Pero eso nunca ha ocurrido, y aparezco yo como culpable sin haber sido nunca juzgado.

¿Y cuando aquello a usted le gustaban el rock and roll y la música en inglés?

¡Pero claro! Mira, yo vivía en Nueva York antes del triunfo de la Revolución y oía mucho rock and roll. Ahora, te estoy diciendo que el problema no se estaba planteando en el terreno de la música, sino de la política. Y yo no tenía nada que ver con eso, pero tenía que responder disciplinadamente a los problemas políticos, porque uno no es revolucionario
impunemente.

Ahora bien, ¿quieren discutir eso conmigo? ¡Pues vamos a discutirlo por la radio, la televisión o con la pluma en la mano si es necesario! ¡Que no me vengan con historias! Es muy fácil polemizar con alguna gente. Conmigo la cosa es diferente, porque ideas como estas las defendí en los tribunales, metido en veinte rollos cuando era abogado en la época de Batista, rodeado por fusiles y armas largas, y no les tuve miedo ni a él ni a sus secuaces, para que sepas cómo era el juego.

¡Así que cómo tú te vas a aparecer aquí con eso de los Beatles! Yo que había hecho gárgaras con puntillas, eso para mí es hacer gárgaras con chocolate. ¿Qué es lo que pretenden: disminuirme, humillarme o desacreditarme? ¡Si persigues alguna de las tres y quieres sancionarme históricamente, vamos para la prensa pública y vamos a la polémica! Abre las páginas y vamos para la calle. Y no me estoy refiriendo a la máxima dirección de la política en Cuba, sino a aquellos que propagaron esos rumores.

Durante nuestra conversación había notado que Serguera usaba indistintamente la segunda persona del singular y la del plural, así que no pude deslindar si esta vez se estaba refiriendo directamente a mí. Pero como no me consideraba de los que propagaban aquellos rumores, porque cuando él era director del ICR yo era un niño feliz que disfrutaba más a los Yoyo que a los Beatles, le pregunté:

¿Y usted escuchaba a los Beatles mientras estaban prohibidos?

¡Los escuchaba y los sigo escuchando! Y quien te diga que no lo hacía te está diciendo mentiras. Mira, yo no quería usar calificativos para no ofender, pero lo que pasó con los Beatles y la música en inglés fue que el ICR era un medio que estaba monopolizado por gente de la pseudocultura.



                       Aspecto actual del Instituto Cubano de Radio y Television (ICRT)

¿Y hasta cuándo estuvo dirigiendo ese medio pseudocultural?

Hasta el año 73, y nunca más volví. Cuando he ido a ver a algún amigo mío lo he visto afuera, en la acera. Además, no me interesa. Supe que los estudios de P y 23 desaparecieron, los de Mazón y San Miguel también. Me enteré de que habían convertido
esos estudios en oficinas. ¡Es increíble! Un estudio de televisión vale ciento y pico mil dólares y lleva una dificultad tecnológica que tú no te puedes imaginar. Sin embargo, muy fácilmente levantaron una pared, pusieron un buró, sacaron esto y aquello, y le metieron un falso techo.

¿Por qué se fue del ICR?

No, en política yo no me voy de ningún lugar; me van.

Bueno, ¿por qué lo fueron?

Me imagino que la presión de todos los intereses que dañé tiene que haber sido muy grande, porque esas cosas no ocurren impunemente. Pero no fue porque hubiera un error en específico.

¿Y qué justificación le dieron para quitarlo de su puesto?

Ninguna, pero tampoco la pedí. Solamente me dijeron que me iban a sustituir. Yo no tengo que discutir eso. Fue una decisión política y yo soy un hombre disciplinado. Nunca pedí una explicación porque a mí no hay que explicarme nada. Te estoy diciendo que si entré en este juego fue porque me lo propuse y acepto una disciplina: no puedo convertirme en un contestatario de algo que yo acepté. Ahora bien, no hay duda de que dirigir un medio masivo es conflictivo, no solamente en Cuba. En cualquier lugar que tú dirijas una emisora de radio y televisión te vas a buscar problemas. Es más fácil transar.

Sin embargo, tengo entendido que en 1966, cuando usted comenzó a dirigir el ICR, ya se estaba produciendo un cambio en la política cultural y se estaba comenzando a divulgar algo de música en inglés.

No, eso no es verdad. Al contrario, cuando yo llegué fue todo lo contrario. Mira, siempre se puso música en inglés, pero no había una prohibición por escrito. Lo que había era… Mira, chico, ¿quieres que te explique el origen del mal? El origen del mal está en que los problemas culturales, cuando se ven impactados por la política, conducen a errores. Ahora bien, los problemas políticos son fundamentales antes de los culturales. ¿Y qué ocurre? La defensa de la Revolución lleva a decisiones que son acertadas o desacertadas. Toda decisión en la política es coyuntural. Si no, hubiera una receta para la política como la hay para hacer un huevo frito.

¿Qué ocurrió entonces? Se estableció la práctica –porque no fue una directiva o una resolución gubernamental– de que si un cantante se iba del país lo prohibían en la radio. Por eso, antes que los Beatles, los primeros prohibidos aquí fueron grandes cantantes cubanos como Orlando Vallejo, Celia Cruz y Olga Guillot. Pero no solamente pasó
con cantantes, sino también con arreglistas formidables, que cuando se iban del país inmediatamente prohibían todas las canciones con arreglos suyos.

La eliminación de todos esos artistas creó un vacío, porque eran gente de calidad. Y hubo que sustituirlos con otros de muy poca calidad o por muy poca gente de calidad. Eso provocaba una repetición, una reiteración, de músicos como Barbarito Diez y Elena Burke… y la gente se quejaba. Está bien, en un momento determinado, eso desempeñó un papel… ¡que se pudo haber suprimido después! Pero esa política perduró y, sin embargo, aún no se sabe quién es el culpable.

¿Cómo era la política que definía qué se podía o no poner en la radio y la televisión?

No existía tal política en la COR (Comisión de Orientación Revolucionaria), hoy DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria). Esa tuve que elaborarla yo con la gente que me ayudó en la estructura del ICR.

¿Y cuándo comenzó a desmembrarse esa situación?

No lo sé. El problema es que aquello se convirtió en ley, en directiva, a lo mejor de la COR, a lo mejor del Partido Comunista de Cuba. Y hubo sanciones a los jóvenes, y hasta gente separada de la UJC y del PCC. Y ello también valía para el pelo largo. Ahora, ¿por qué me van a echar a mí la culpa del pelo largo, si no tengo nada que ver con eso, porque yo era de los barbudos y peludos de la Sierra Maestra? ¿Por qué la van a coger conmigo? ¿Por qué van a hacer recaer toda esa responsabilidad en Papito Serguera?

¡Pero en el ICR tampoco dejaban que la gente tuviera el pelo largo!

Coño, pero si te lo estoy diciendo. A mí me llamaban: “¡Oye, no puede ser!” ¿Y qué tú quieres que yo haga? Dime, ¿qué hubieras hecho tú? ¡Es increíble! Yo entré a La Habana el 8 de enero de 1959 con un pelo largo que me daba por aquí. Y lo mantuvimos así hasta que nos pelamos. El pelo largo y la barba los inventamos nosotros mismos, los rebeldes. Y de pronto aquello fue una prohibición… ¿Qué tiene que ver el pelo con la gente o con sus ideas? ¿No te das cuenta de que la contradicción era demasiado grande? Mira, yo tampoco perseguí homosexuales ni los mandé para las UMAP. ¿Por qué la van a coger conmigo?

El mundo del arte y la cultura es muy complejo. Yo no creo que tenga carácter para lidiar con eso. Nunca me imaginé lo que era el ICR, porque si lo hubiera sabido, jamás hubiera aceptado su dirección. Pero te digo una cosa. Ni los Beatles, ni ningún grupo musical extranjero, estuvieron prohibidos en Cuba en mi tiempo. ¿Qué ocurrió? Los Beatles eran, de una manera o de otra, representantes de una música cuyas tonalidades habían cambiado en relación con las anteriores. Entonces, objetivamente, como ocurrió esto de Silvio, se me quiso ver a mí como un enemigo de la llamada “música moderna”.

Ahora bien, los rumores no hay quien los detenga. Había instituciones para discutir eso. ¿Por qué no se va a esas instituciones de origen a pedirles una explicación? ¿Por qué van a decir que todo eso dependió de Serguera porque era el director del ICR? ¿Qué tengo yo que ver con eso? Vamos a hablar de manera institucional y a oírle a cada cual sus razones. A lo mejor vas a descubrir que yo era de los que estaba en contra de que se tomaran esas medidas. La música moderna se consideraba diversionismo ideológico. Y yo no inventé esa frase. Yo consideraba que eso era un error, un absurdo, un disparate, que la música no tiene barreras.

Y si no estaba a favor de todo aquel absurdo, ¿por qué no trató de hacer entrar en razón a quienes pensaban que la música en inglés y el pelo largo eran síntomas de debilidad ideológica?

Sí, lo hice, y aún conservo algunas cartas que escribí a altos dirigentes de este país donde yo doy mi opinión sobre el tema.

¿Y le respondieron?

–No. Esas cosas no se responden.

13 de abril de 2001

                                     

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